¿Te ha pasado que, ante una rabieta de tu hijo, terminas sintiendo la misma frustración o enojo que él? Es una experiencia común y profundamente humana. En el camino de la crianza consciente, a menudo nos enfocamos tanto en intentar que el niño se calme, que olvidamos preguntarnos: ¿Cómo me estoy sintiendo yo en este momento? Como hemos explorado anteriormente, la conducta infantil es un lenguaje; sin embargo, para entenderlo, los adultos necesitamos estar “sintonizados”, reconociendo que no podemos dar lo que no tenemos.
Nuestra historia de vida en el escenario de la crianza
Cada padre y madre trae consigo su propia historia, cargada de aprendizajes que influyeron y siguen influyendo en la formación de su personalidad. La crianza se convierte en el escenario propicio para que muchas de estas vivencias afloren. A veces replicamos patrones que consideramos útiles, y otras veces intentamos eliminar aquellos que nos causaron dolor, negándonos rotundamente a repetirlos.
Pero, ¿qué pasa cuando la interacción cotidiana con nuestros hijos se vuelve un espejo de aquellas emociones o reacciones no elaboradas en nosotros?
Es probable que una rabieta o el llanto incontrolable de nuestro hijo despierte memorias de sucesos que decidimos reprimir por lo dolorosos que representan. En esos instantes, nuestra respuesta puede sentirse desbordada; no solo por el afán de contener al niño, sino por el intento inconsciente de silenciar esa manifestación que actúa como un detonante de experiencias dolorosas guardadas en lo profundo de nuestra memoria. Estas heridas siguen esperando ser atendidas y sanadas para no interferir en nuestro presente ni en nuestro rol materno o paterno.
Aprender a estar en calma: El ejemplo que se vive, no el que se dice
A veces pensamos que los niños deberían saber calmarse solos, pero la realidad es que un niño no nace con esa capacidad; la aprende de nosotros. Esto es lo que conocemos en psicología como corregulación, y no es más que prestarles nuestra propia calma cuando ellos han perdido la suya.
Imagina que eres un ancla en medio de un mar agitado. Si logras mantenerte firme y presente mientras tu hijo atraviesa su propia tormenta, le estás entregando una herramienta valiosa que aprenderá a utilizar para su presente y futuro. Al final del día, lo que realmente se queda grabado en su memoria no son los sermones o las largas explicaciones, sino cómo nos vieron gestionar nuestro propio enojo, nuestra tristeza o el cansancio. Tú eres su espejo y su principal apoyo en este aprendizaje emocional. Al verte manejar tus emociones con presencia, paciencia y calma, ellos encuentran la seguridad necesaria para aprender a hacer lo mismo: para autorregularse.
Estrategias para recuperar tu centro antes de intervenir
Para ser ese puerto seguro, es vital validar tu propia presencia emocional antes de actuar:
- Reconoce tu propio termómetro: Presta atención y nota qué pasa en tu cuerpo (tensión en la mandíbula, ritmo cardíaco acelerado, etc.). Identificar tu estado es el primer paso para no actuar por impulso.
- La pausa consciente: Si la situación lo permite, tómate un tiempo y respira profundamente. Es la inversión necesaria para que tu respuesta nazca de la conexión y no de una reacción defensiva.
- Valida tu propio sentir: Admitir que estás agotado o que la situación activa una herida propia no te hace menos capaz; te hace humano. Solo desde la aceptación de tu estado puedes conectar con el de tu hijo.
Conclusión: Sanar para acompañar
Ten presente que ser un referente emocional no significa ser perfecto o no perder nunca la calma. Significa tener la valentía de mirarnos, de reconocernos, de aprender de nuestras reacciones y de entender que, al cuidarnos y regularnos, construimos el cimiento de la salud emocional de nuestros hijos.
Al sanar nosotros, nos validamos en un acto profundo de amor propio y, al mismo tiempo, permitimos que ellos crezcan en un entorno de verdadera seguridad, empatía y comprensión.

